Prefacio Artístico

Acompañar la formación de artistas en etapa postgrado, es un proceso intenso que requiere la construcción de un espacio de confianza en el cual se creen condiciones propicias para indagaciones profundas que, a su vez, necesitan apertura, disposición, honestidad y valentía para hacerse vulnerable. Es como co-habilitar una casa nueva donde cada cual entra en búsqueda de la habitación cuyo espejo contiene su propio reflejo. Hasta para la docente, es un lugar oscuro que se va creando o develando en el transcurrir. La meta de los dos cursos secuenciales concurrentes es explorar la intersección de la pintura con el dibujo y las posibilidades experimentales del dibujo como medio autóctono. En esta ocasión, las puertas se abren tardíamente, tras sacudirse la casa a raíz de la epifanía (enjambre sísmico). Aun así, se inicia con ánimo, experimentando ejercicios creativos y corporales que retan nuestros parámetros de confort y aceleran la confraternización entre pares, pues desde el primer día es evidente que los seis nuevos habitantes traen consigo equipaje hermético. La dinámica semanal revela lagunas y también logra aflorar su fortaleza: espacial, textural, narrativa, conceptual, para la abstracción, corporal, sonora. El primer reto: explorar su propuesta estéticamente sobre un rollo de papel de inodoro. La extensión, los confines y la fragilidad del soporte, cumplen múltiples objetivos: romper con la idea de la obra como un artefacto sagrado o precioso; ampliar las fronteras mentales sobre lo que es “apropiado” en la creación artística; y entender que el medio aporta a la narrativa de la pieza. A su vez, revela hábitos individuales contraproducentes para la práctica.

Comenzando a engranar, un soplo de viento (el Bacilo) cierra las puertas interiores de la casa y cada cual se atrapa en la habitación que visita. Contrario a lo esperado, la distancia abre otros espacios de intimidad. El juego cambia: requiere flexibilidad y agencia para descubrir las herramientas necesarias para sobrevivir el encierro. La fantasía se vuelve habitante del viaje hacia adentro. La fragmentación coquetea con el caos; se borra la frontera entre el mundo interior versus el compartido; y el pasado se hace futuro-presente. Surgen conflictos entre el cromatismo y la dominación tonal. La textura se torna secuela de la catarsis. La sombra (y la muerte) es evidencia fiel de la vida mientras el miedo adquiere corporeidad a raíz de la mecanización humana. En la santa espera no hay cabida para la desesperanza; algunos optan por reflexionar sobre la naturaleza, pues la descomposición de la psicosis ayuda a abstraerla para descodificarla y hacerla manejable en los vestigios de la última movida.
S. Damary Burgos
Catedrática Asociada, Bellas Artes- PUCPR
julio de 2020
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